martes, 25 de octubre de 2016

Francis Picabia: 
 
Estaba metido en el mundo del arte para reunir la atención de una gran audiencia; cuando las personas tenían los ojos sobre él, se daba la vuelta y sacaba de un lugar oculto una pintura que dejaba al público estupefacto. La irreverencia que lo caracterizaba se mezcló con diferentes corrientes artísticas: dadaísmo, surrealismo, cubismo y fauvismo. Un día dijo: “Soy un monstruo, entre mi cabeza y mis manos siempre está la cara de la muerte”
A los 17 años estudió en la Escuela de Artes Decorativas de París. Entonces tenía una inclinación hacia el impresionismo, pero lo dejó cuando descubrió que sólo era un género ‘decorativo’ que terminaba en los salones burgueses de Francia. Se burló del trabajo de Monet, Renoir y Degas para después viajar a Nueva York donde conoció a Alfred Stieglitz, fotógrafo de gran carácter que luchó para trascender la fotografía a una categoría artística. Con su ayuda Picabia tuvo una magna presentación en el Armory Show. En ese entonces su obra estaba conformada por elementos cubistas experimentales, al cual llamaron cubismo órfico por la gran gama de colores y movimiento de las formas.
“Se enfrentó contra los mecanismos que conceden aceptación y valor económico al arte y “puso en tela de juicio las distinciones entre el arte de alto nivel y el Kitsch”.
Creó murales y collages como “Femme aux Allumettes”, influido por las obras automáticas del Surrealismo. A diferencia de los demás surrealistas,  Francis Picabia era mordaz con sus críticas y se aventuró a publicar el libro “I Am a Beautiful Monster”, documento que reunió poesía, prosa y ‘provocación’. Del lado de la pintura sacó la serie “Transparencias”.





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